
Un año más, Marcos miraba a través de los cristales de la ventana de su casa, con envidía, la alegría de las casas vecinas en la mañana del día de Reyes. Oteaba la calle con una inmensa amargura. Un año más los Reyes Magos, comprobaba con tristeza, como habían pasado por las casas de sus vecinos y la suya, como siempre, había quedado olvidada en su camino.
Sus zapatos vacíos, la leche en los vasos, y el heno en el cubo, preparado la noche anterior para los camellos; habían quedado intactos, lo que confirmaba que sus Majestades los Reyes Magos de Oriente no habian recibido su carta o la habían perdido en su largo viaje desdes el lejano Oriente.
Salió al balcón, había oído que los reyes dejaban a veces sus regalos en el balcón, pero su balcón también estaba vacío. Tan sólo el frío del mes de enero lo cubría todo. Miró tras la reja de la balconada y vio como lo miraba, con cierta nostalgía desde el otro lado de la calle, un año más, desde el escaparate de la tienda de Doña Francisca, sin dueño, solitario; un caballo de cartón. Y en la mente del caballoo y del niño, una misma pregunta había: ¿por qué?
VÍCTOR HERNÁNDEZ MAYORAL
4 de diciembre de 2.09
Bonita y triste historia, que desgraciadamente se va repitiendo todos los años.
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