Miraba el horizonte, oteando más allá de las almenas de su castillo. Acaba de recibir una mala noticia. Se sentía como si hubiera recibido un golpe, un duro y severo golpe en su corazón.
Había confiado en sus fuerzas para mantener controlado a todos los miembros de su familia, todo parecía indicar que lo había conseguido.
Las palabras volvían una y otra vez a su cabeza de forma martilleante: "¿Dónde está el Rey de los Judíos?" "De ti saldrá un rey que regirá a mi pueblo". Salió de su fortaleza y se quedó mirando aquella caravana.
Era imposñible que un nuevo Rey hubiera aparecido en Israel, nadie podía disputarle su corona, pero aquellos hombres le habían anunciado el nacimiento de un niño, cuya llegada al mundo había sido anunciada en el cielo con la aparición de una nueva estrella. Una estrella que ahora desde sus castillo, en lo alto de Jerusalén intentaba ver en el firmamento de su ciudad y no aparecía por ningún sitio, al menos él era incapaza de verla.
Entonces pensó, una vez más, en el dulce sabor de la sangre, en el sabor del poder, de la ambición, que tanto conocía, que tantas veces había provado su boca. Mientras oteaba el horizonte una perversa sonrisa ilumino su rostro, se sentía fuerte, a pesar de sus ancianidad, las fuerzas no le habían abandonado. "Ese niño morirá, se dijo,nadie puede solicitar mi corona, soy el único Rey de Israel".
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